Este cuento lo escribí en enero de 2008. Tenía un montón de ideas en la cabeza y, para seducir y caer en la embriaguez de la incertidumbre veinteañera. Bla bla blá. Dejo con ustedes este cuento que, de algún modo, me ha perseguido desde hace siete años.

Todo había terminado. La fiesta, el ruido, la gente y las canciones. Todos se habían ido y había que ordenar la pieza. “¿Siempre harán lo mismo?”, se preguntó Manuel y tomó una escoba. Líquidos viscosos, organos pisoteados, todo mezclado con challas y papeles de dulces. Maldecía con efervecencia a sus invitados, que ahora seguramente estaban en sus casas, en sus camas o sillones, revolcándose con alguna nueva adquisición. Amantes sumergidos en ácidos, era una generación consciente de su efimeridad. Sabían que no tenían sentido sus vidas y no hacían intento de inventar algún motivo para seguir vivos… siempre hacían lo mismo, se reunían en piezas alquiladas por alguno de ellos y se emborrachaban, se drogaban, se cortaban la piel y bebían su sangre toda la noche. Fumaban plumavit con menta y comían papeles de lija con mostaza.
Una generación feliz, o quizá no tanto, pero que sabía mantenerse en píe. No hallaban la hora de morirse, uno por uno y dejar que sus cuerpos fuesen devorados o lanzado por las ventanas por el resto de sus amigotes que quedasen vivos, inhalaciones de orina, bailes a ras de suelo, gritos estridentes y la espuma que salía de sus propios vómitos y era lanzada al aire amenizaban la fiesta.
Un buen día, todos aburridos de esperar la muerte decidieron que se matarian todos juntos el martes veinte de enero. Cuando llegó el día veinte de enero, nadie recordó nada… de hecho, no eran conscientes del tiempo desde hace dos semanas. Decidieron ir a visitar a Ramón y seguir la fiesta ahí, entre sus guías de estudio, sus libros antiguos. Mientras caminaban hacía la pensión donde vivía Ramón, discutían en voz baja sobre quíen era capaz de comerse un libro de historia universal y luego vomitar al menos una hoja completa. Cuando llegaron, vieron por la ventana a Ramón estudiando, como siempre. Lo maldijeron y le golpearon el vidrio para que les abriese la puerta. Ramón de mala gana les abrió la puerta y los hizo pasar. El grupo entró como si fuese su casa, y efectivamente, con sus canciones desarmoniosas y estúpidas parecían adueñarse del lugar al que fuesen. Canciones que sólo un ácefalo podría crear, eran sus himnos. Alusiones directas a toda clase de aberraciones, sentimentalismos de niños de mall (que todos fueron alguna vez) y sexo con animales, máquinas, vagabundos o con lo que fuese eran las temáticas de sus canciones. Ramón se agarró la cabeza, rezongó algo y supo que era lo que ocurriría. Festejaron, cantaron, bailaron su extraño baile, revolcados en el suelo, debatieron sobre pedofilia en idiomas inventados y personales, se cortaron los dedos y las piernas, vomitaron, comieron y volvieron a vomitar sus propios vómitos usando como contenedor una bolsa de basura, ríeron a destajo con los chistes sobre capitalismo que hacía una niña pequeña y tuerta que los acompañaba. Ramón ya estaba angustiado con todo… destruyeron su pieza tan rápido, que aun no lograba asimilar el desastre. Trató de hablarles, explicarles que el tenía que estudiar para una prueba que tenía al otro día, pero todo fue en vano. Resignado, Ramón tomó el libro de historia universal y se fue al baño a estudiar. En la pieza, alguien retomó la discusión sobre comerse el libro de historia universal y vomitar una hoja completa. Ramón oyó esa discusión y oyó también como revolvían su escritorio buscando el libro. Ramón, salió un rato después del baño, con la mitad de la tapa del libro en una mano, mientras que con la otra se hacía arcadas. Por mucho que intentó, no pudo vomitar una hoja entera. Con gritos y ruidos guturales celebraron todos a Ramón y salieron de la pieza, buscando otro lugar para seguir con su fiesta.

Al otro día llegó Manuel, compañero de pieza de Ramón. Vio todo el desorden en la pieza, maldijo a Ramón y a su estúpida elección de compartir pieza. Ya todo había terminado. La fiesta, el ruido, la gente y las canciones. Todos se habían ido y había que ordenar la pieza. “¿Siempre harán lo mismo?”, se preguntó Manuel y tomó una escoba. Líquidos viscosos, organos pisoteados, todo mezclado con challas y papeles de dulces. Maldecía con efervecencia a sus invitados, que ahora seguramente estaban en sus casas, en sus camas o sillones, revolcándose con alguna nueva adquisición. Amantes sumergidos en ácidos, era una generación consciente de su efimeridad. Sabían que no tenían sentido sus vidas y no hacían intento de inventar algún motivo para seguir vivos… siempre hacían lo mismo, se reunían en piezas alquiladas por alguno de ellos y se emborrachaban, se drogaban, se cortaban la piel y bebían su sangre toda la noche. Fumaban plumavit con menta y comían papeles de lija con mostaza. Todo eso lo había leído Manuel en el diario días después de haberse ido Ramón. Lo volvió a maldecir, pensando en todo lo que había tenido que limpiar y, casi sin darse cuenta se puso a morder el diario.