Hace años viví la locura punk. Sí, semana tras semana iba a tokatas punk. Conocía gente nueva todo el tiempo y, la verdad, en cierto modo puedo decir que entre todos, nos creíamos bien el cuento. Recuerdo que nunca fui a algún evento caro ni connotado porque me parecía el colmo de consumofetichista ir a aplaudir en persona a los músicos que interpretaban la música que sazonaba mi día a día en los casets que poníamos en las juntas en casas. Recorrí un montón de calles de lugares anónimos y sin glamour, llegando a escenarios casi improvisados para escuchar a bandas que, encarnando el espíritu fiel del punk, tenían escasa calidad. Apenas recuerdo un par de grupos a los que vi varias veces, siempre eran tríos o cuartetos de valientes que se subían a gritar lo que tenían atragantado mientras abajo, un pogo o slam o mosh se desarrollaba, es cierto, con violencia pero con alegría y risas. ¿Porqué iba yo a odiar o querer dañar realmente al que estaba al lado mío, girando en círculos, agitando los brazos con desenfreno? Pegué combos y patadas, me llegaron combos y patadas; empujé y me empujaron pero tengo un recuerdo claro, clarísimo: si alguien se caía, entre todos lo recogíamos. Se hacía un espacio alrededor del caído, algún amigo suyo si es que había lo ayudaba a salir si estaba maltrecho o se le daban unos segundos de gracia para que se recuperara. Era lo obvio.

Hoy, por facebook, red social centralizada y que difiere en su concepto y práctica a todo lo que el imaginario punk significa los muchachos, los nuevos punks, se ponen de acuerdo para hacer avalanchas. Siempre hubo esa clase de gente, en todo caso, no es que la escena fuera completamente más decente en los años cero, obvio que habían peleas y en los eventos grandes (mucho más escasos que ahora, sin duda) también habían avalanchas. Pero ¿Qué es todo eso sino más que el resultado de lo que mencionaba al comienzo? Un punk coherente no va a poner mala cara por pagar la entrada a una tokata que cuesta $500 o incluso, otras veces, el precio era algún alimento no perecible para apoyar la causa del okupa que la organizaba. Ir a ver a una banda porque es emblemática, porque es histórica, por lo que sea no es más que desvirtuar la esencia del punk que consiste precisamente en lo contrario, en el no endiosamiento de un personajillo, en tener una fraternidad silenciosa con el compadre que está al lado, porque ambos llevamos bototos, suspensores y algún parche de leopardo en la ropa. No es tan serio pero es super importante en cierto momento de la vida. Un punk ve a otro y, de inmediato comparten algo. Quizá pensar y reflexionar todo esto, a esta altura y habiendo cuatro muchachos muertos y un montón de heridos parezca una tontera, un utopismo imbécil o quizá una expiación de un punk que se hizo adulto y tomó un par de decisiones en la vida, no sé… pero es sincero. Lamento lo que pasó, me horroriza lo que pasó. ¡Una tokata no puede terminar con muertos!

El capital triunfó. Punks se matan a otros para poder ver en persona a una banda que cree que es necesario llevar en persona su música a otros lugares, siguiendo el formato de los músicos tradicionales.

La cuota de optimismo me la reservo de todos modos, pues sinceramente creo y tengo la esperanza de que aun sobreviva la escena punk callejera, no hipnotizada por los letreros grandes y las entradas caras (pagándolas o no). Espero, con toda honestidad, que sigan habiendo tokatas en roñosas sedes de juntas de vecinos, que la iluminación sea una o dos lámparas y que en la entrada reciban un paquete de arroz o una lata de duraznos para que los muchachos pasen la tardenoche bailando la rabia.