Internet en varias ocasiones me harta. Las redes sociales quitaron la gracia que tenía el espacio inmaterial repleto de maravillas en potencia, convirtieron un lienzo enloquecido en una especie de revista con tecnología avanzada, pero al fin y al cabo, una revista con nada novedoso. Audios, videos, animaciones, gráficas, todo lo que cualquier editor de un periódico del siglo XIX hubiera hecho si hubiera tenido la posibilidad, nada distinto, nada sorprendente. La democratización de la posibilidad de publicar era una posibilidad cierta que daba algo así como esperanza de que aparecieran contenidos que sobrecogieran, que hicieran dudar de la humanidad del interlocutor o del lector, algo llamativo, algo ruidoso. En cambio, en instagram seres muestran capturas de su sonrisa instantánea; en twitter, los desvaríos propios de cualquier ser vivo cuando va al baño, mira el muro y piensa en algo; facebook, por su parte, se vuelve una especie de vitrina, cual amazon o ebay de personas que no ofrecen nada propio ni cierto: es como ir a un mall donde vendan ropa remendada y chueca, cajas vacías y piedras de colores poco atractivos.

Y ahí estamos todos, unos más productos que otros, otros más apáticos que otros, pero todos haciendo algo con alguna esperanza en darle el palo a algo nuevo y conseguir algo de fama efímera o un amago de sentido para el día a día o, por lo menos, encontrar algo que haga que uno no sienta que está caído en un pozo fangoso de procastinación. Siempre queda la opción de vivir la vida en persona, afk, como diría algún retrociberusuario con unos 16kb de cultura nerd. Pero ¿es la idea? mi cruzada va en sentido opuesto. Sostengo y reitero: hay vida más allá de las redes sociales.