Hace algunas semanas me referí a la persecución al consumo de marihuana y como el legislador nos mantiene desnudos a la hora de buscar algún sentido lógico para entender qué es lo que se sanciona ya que, ciertamente, no es a la afección a la integridad de las personas. Hoy quiero retomar el tema pero desde otro ángulo, más sistémico social que el anterior que era muy remitido a la ley. Las drogas en general, entendidas como productoras de dependencia física o síquica, capaces de provocar graves efectos tóxicos o daños considerables a la salud por la ley, tienen sobre todo una finalidad paralela al mero daño (de hecho, pongo en duda que alguien las consuma para exclusivamente dañarse): la búsqueda del placer. En un escenario capitalista como el que vivimos en Chile hoy, basado (incluso más que en la confianza) en la aseguración de la subsistencia que, una vez resuelta da paso a la inexorable búsqueda del hedonismo ¿Qué tiene de cuestionable ser un adicto a un formato de búsqueda de placer en específico, mientras no se fastidie al resto de la comunidad?

Quizá esta vuelta de tuerca sufra de un extremismo tremendo y no sea más que una moralina recubierta de sentimiento socialista, sin embargo, para enfríar tales sospechas (y darle dinamismo a este artículo), cito a continuación un fragmento del documental «Entre ponerle y no ponerle» de 1971, que consiste en una sucesión de imágenes de borrachos consumiendo alcohol y padeciendo del exceso con un relato sobrepuesto. El personaje que narra se identifica como un chantao, es decir, una persona que dejó de tomar. Inicialmente explica la naturaleza propia del hombre social chileno de la época que afirmaba en su alcoholismo su hombría, honor y pertenencia, luego la exposición se torna un poco más crítica llamando la atención a la relación causal entre alcoholismo y miseria:

…me voy dando cuenta, que en la cuadra donde haya un clandestino, los cabros andan a poto pela’o, compruébelo usted mismo. Donde vea la miseria va a encontrar olor a vino.

Luego vemos personas padeciendo las consecuencias irreversibles del exceso de alcohol en sus organismos, para luego rematar con el siguiente planteamiento:

El trago también ha sido utilizado por los poderosos de este país para mantener al pueblo sometido. Porque los explotadores saben que el curao es un hombre que entrega la oreja y que jamás va a dar la pelea por sus derechos. Además que se hacen un gran negocio los viñateros, los distribuidores, los dueños de las bodegas y de clandestinos y esto no puede seguir. Ahora es el momento de pararle el carro a toda esta gente y en esta pelea tenemos que embarcarnos todos los trabajadores.

Entonces aparece un motivo supraindividual para considerar seriamente alejarse del alcoholismo: ya no se trata de dejar de ser un borracho por la salud y el dinero que se gasta, sino porque ser un borracho se traduce en detrimento del desarrollo del país.

Ciertamente, asumir que el problema expuesto en «Entre ponerle y no ponerle» es una realidad inequívoca e inevitable sería una falacia impresentable, no estamos en condiciones de sostener que la premisa principal empero es falsa. Los círculos de pobreza material se fortalecen con el consumo de sustancias adictivas, precisamente porque la pobreza material suele ir emparejada de pobreza de honor y pertenencia… en las sociedades capitalistas. Llega a ser doloroso pensar en las carcajadas infinitas que se apoderarían de cualquier adicto de hoy al que se le dijera que abandone su adicción, no solo por su bien individual, sino para que Chile sea más próspero. Entonces, a la vista de lo planteado ¿Qué sentido tiene no ser un adicto (a cualquier sustancia) en un sistema neoliberal capitalista?

En el escenario de una economía capitalista y una sociedad neoliberal, la carga de la preocupación se escinde del individuo, pues si él consigue obviar su realidad por medio de cierto consumo no tendrá ningún motivo más que el desintoxicamiento propio (y el eventual enriquecimiento individual ulterior, por medio de la reinserción) para hacer algo respecto de su situación, será el Estado quien se preocupe trate de ocuparse de solucionar la adicción, ya no por el bienestar del individuo como parte de la comunidad sino únicamente como una medida precautoria de no dejar de existir… y, asumámoslo, satisfacer la demanda de mano de obra a los dueños de la producción. Entendamos a esta altura que los medios de producción no son únicamente los empleos mecánicomanuales (como Chaplin en Tiempos Modernos) sino al abanico de posibilidades del mundo actual (desde cajeros de supermercados, telefonistas de callcenter hasta médicos, abogados o ingenieros). El Estado necesita personas libres de adicciones no para que éstas se superen a sí mismas y logren cambiar la realidad, sino precisamente para mantenerla tal como está y acá aparece otra situación macabra: usualmente las personas que pasaron por rehabilitación para dejar atrás sus adicciones se consideran a sí mismas responsables de la situación, viendo (como es muy propio en el neoliberalismo) todo desde la postura ombliguista para lo bueno y para lo malo. No se trata de que toda la responsabilidad sea del círculo de consecuencialidad endógeno que condena a ciertas personas a tener ciertos futuros, pero no seamos ingenuos, claro que la historia de las personas influye y determina muchas veces sus futuros y, no por eso los exculparemos, pero no comparto que se les deba responsabilizar totalmente de sus devenires.

Me quedo ahora con la duda sobre si es mejor no consumir drogas (tabaco, alcohol, etc) por el eventual daño que generen en mi organismo o por que, siendo un adicto no coopero con el desarrollo del país. Quisiera asirme con más fuerza a la segunda idea… pero día a día la máquina me convence (e imagino que a los demás también) de que no soy imprescindible. El Estado no me necesita más que para que pague el crédito de la U, Chile no me necesita más que para que consuma y ayude infimamente a mantener vivo el mercado; cientos de miles de individuos presos de su adicción harían la diferencia, pero uno no. Y, aun siendo cientos de miles, no harían más que contribuir a que todo siga existiendo tal como ahora: la policía es para atraparlos, ellos trabajan o roban para comprar su consumo, se enriquecen los narcotraficantes, los narcotraficantes consumen del mercado, pero el problema no podrá terminarse nunca porque, si se resolviera la policía perdería un gran foco de trabajo, los narcotraficantes no consumirían del mercado: el dinero dejaría de rotar y ¡bum! la economía depende en gran parte del tráfico ilegal, aun cuando no hayan contribuciones en un comercio tan clandestino, pues la ganancia de los que se enriquecen con el tráfico sólo les servirá para consumir (mayormente) en el comercio establecido y finalmente, el dinero que el pobre consumidro gastó retorna a la circulación, obviando sólo el impuesto de su transacción pero no en el que su dinero participó ulteriormente.

 

Desde del individualismo, una luz

Aun todo lo expuesto, siempre quedará la impronta personal que alejará a muchas personas de no caer en el consumo de sustancias adictivas no por el Estado ni por el mercado, sino por su propia apreciación a sí mismos y, quizá a esto se refería tan animosamente Adam Smith en su ensayo (sobre la riqueza de las Naciones) que el desarrollo y el progreso provendría más eficaz y eficientemente desde el particular, preocupado por subsistir y estar cada vez mejor. Siglos después, parece que el desafío no sólo es subsistir y estar cada vez mejor, sino también impedir que otros lo puedan conseguir. Como traspié para el desarrollo de la competencia estarán (entre otras tretas) las adicciones. Un trabajador que, aunque siga trabajando, sea dependiente de una sustancia para aguantar el día a día nunca podrá ser emprendedor, luego competencia.

Es razonable dudar sobre si el sistema nos prefiere un poco adictos… ¿O no?