Foto sin títuloHoy es el día de la bicicleta por algún volado motivo. Y las redes sociales lo resienten, asumo que la televisión también (aun no he visto hoy). Sin embargo, en esta ocasión no me detendré a reflexionar sobre la sobrereacción a todos los estímulos por parte de los usuarios de internet o de la sociedad misma, sino que quiero compartir mi experiencia bicicletera en los años que llevo usando este fantástico medio de locomoción con mayor o menor regularidad.

Antes de comenzar, me presento. Me llamo Camilo Villavicencio, me costó mucho aprender a andar en bicicleta (sin rueditas), imagino que debido a que me querían enseñar. Finalmente, aprendí a equilibrarme solo en el patio de mi casa; luego, a maniobrar en el pasaje en que vivo (de unos 120 metros). Tenía unos nueve años cuando aprendí. Menos de un año después me accidenté (ya contaré como) y me fracturé el dedo pulgar, me pusieron yeso y, a pesar de que me dolió me hizo sentir un poco bien haber logrado tener yeso (esto puede sonar absurdo, pero conozco a varias personas que nunca han tenido y, en un observando una actitud media psicopatoide, lo lamentan) y aprender sobre los límites.

El primer accidente de bici que tuve fue ese, la cuneta me mordió la rueda al tratar de subir a la vereda porque el ángulo de mi giro no fue suficiente. Mientras caía, solté el manubrio para caer con las manos, mano chueca contra el suelo y paf. Pulgar fracturado. En poco más de un mes, de todos modos, volví a ser un chico normal y vivir feliz con mi familia. Era 1997 ó 98.

Cuando era chico, mi área de seguridad (todo en mi mente, felizmente nunca con coacción externa), al empezar a andar en bicicleta se me hizo demasiado pequeña y me empezó a aburrir andar por las mismas calles, así que poco a poco dejé de pedalear y no fue hasta que salí del colegio, una mañana de mayo del año 2006, decidí usarla para ir al preuniversitario que quedaba a cinco kilómetros de mi casa. Las primeras experiencias fueron un poco tortuosas y cansadoras, sin embargo, cada vez el viaje era más liviano hasta que, finalmente, fue un pequeño trámite matinal que apenas me distraía. Un par de meses después asistí a un paseo organizado por un grupo de ciclistas, fuimos a Río Clarillo. Ese día entendí que la distancia era distinta cuando se recorría pedaleando.

El año siguiente, entré a la universidad y me iba todos los días en bicicleta a las clases. Pasé meses sin subir a una micro, porque para todos lados iba pedaleando. Me independicé del transporte público y fue hermoso. En ese tiempo, también participé activamente de un grupo ciclista urbano que actualmente organiza cicletadas multitudinarias (¡más de 2000 personas!), en ese tiempo (2007 y 2008) no superabamos los 200 asistentes. Independientemente del éxito mediático que suponía convocar a tanta más o tanta menos gente, en los Furiosos Ciclistas confirmé mi gusto por andar en bicicleta y, en general, por lo que significa la cultura bicicletera, que es a la movilidad urbana lo que GNU/Linux es a los computadores.

En 2007 tuve mi segundo accidente notorio en bicicleta y fue totalmente debido a mi irresponsabilidad: fue el 18 de septiembre. Lo recuerdo claramente porque ibamos con algunos amigos furiosos de paseo al cerro San Cristobal a festejar el 18 con un asado, la reunión era a las 9 de la mañana. No había nada de malo en el plan… excepto que yo, la noche anterior había ido a la inauguración de las fondas del Parque O’higgins y había estado ahí hasta las 5 am. En llegar a mi casa, habré tardado una hora más luego dormí hasta antes de las 8 am para salir y, debido al consumo medianamente indiscriminado de alcohol, sumado a la falta de sueño, terminé la mañana de ese 18 de septiembre tirado en el suelo, después de haber metido un píe entre los rayos de la rueda delantera. Al momento de caer, mejor dicho, volar sobre el manubrio mi cerebro primate me hizo sujetar la bicicleta, que terminó dandose vuelta conmigo y cayendo el marco justo en mi clavícula izquierda. Me la fracturé, por supuesto. Me quedé tirado en el suelo y no me podía parar, el dolor era mucho. Me fue a buscar una ambulancia y me llevó al hospital El Salvador, ahí un apresurado médico no me atendió al decirle que tenía fractura en la clavícula e hizo que me radiografiaran el hombro que, logicamente, estaba intacto. Me mandó de vuelta a casa con indicaciones de unas pastillas para el dolor (el dolor que provocaría un golpe, no una fractura) e indicó que después de unos dos días empezara a hacer ejercicio con el brazo. Recibí la sanción moral en familia que correspondía (y de verdad que correspondía, de todos modos fue breve y pronto se tornó en cariño y apoyo) y, pasado dos días empecé a mover el brazo. Veía amarillo. Me desmayé varias veces. Hasta que, una semana después fui a otro médico que tras radiografía, ahora sí en la clavícula, confirmó que tenía fractura… pero ya se estaba pegando, así que la dejaría así nomás. Hasta el día de hoy tengo un cototo de hueso en la clavícula izquierda.

Antes de ese accidente (estúpido accidente provocado por mí), había tenido dos enfrentamientos con el peligro. Un auto que dobló en U donde no debía me chocó la rueda delantera y me lanzó a la otra pista de la calle. El semáforo estaba en rojo, pero la imagen de los vehículos (que yo veía como que) avanzaban hacia mí, todo visto de costado fue dificil de borrar por un tiempo. La otra ocasión fue una moto que se metió a una calle con preferencia en la que yo iba, hizo una curva muy abierta, se acercó mucho a mí y se enredaron los manubrios. Avanzamos un par de metros pegados hasta que, como la moto no aceleró más, se cayó sobre mí, con conductor incluído. Recuerdo que el me reprochaba ir con “esos motores” (refiriendose a los motores moskito)… y yo no llevaba, sino que iba hecho un bólido gracias a la tracción humana (más de 35kmh, recuerdo). Aunque me dolía la moto encima y me asustaba que la moto acelerara sobre mí (el motorista lo hacía de nervioso) y me agarrara una pierna, me sentí halagado.

Estos últimos dos accidentes, aun cuando fueron más espectaculares (aunque sin resultados tan notorios, solo moretones y ruedas torcidas) no tuvieron en mí el efecto del que contaba antes. Tras la fractura de la clavícula, mi mamá me compró una bicicleta nueva. Pero ya no era lo mismo… hice un viaje grande con esa bicicleta (desde Santiago hasta Lo Vasquez), pero ya no sentía la misma tranquilidad de antaño al andar en bicicleta y era paradójico, porque mi accidente “traumático” no había ocurrido por el feroz tráfico urbano, sino por mi propia causa. Aprendí que el más peligroso para mí… era yo mismo. Después de eso, nunca más volví a andar tanto en bicicleta. Por susto, lo admito. Me dejé llevar y mi estado físico tomó cuenta de ello y luego no andaba más en bicicleta porque me cansaba mucho y me cansaba mucho porque no andaba en bicicleta. Tuve un pequeño revival en 2011, que inclusó dio por frutos un blog que hice con un compañero de rutas en el que compartíamos tips mecánicos e información sobre paseos que realizamos (fuimos a Valparaíso, Buin, Alto Jahuel y otros destinos cercanos a Santiago) pero un buen día, se acabó la magia de los paseos, ambos bajamos el ritmo de nuevo y volví a caer en la vagancia y depender de la locomoción motorizada y de combustibles fósiles. Hasta hace unas semanas, que comencé a ir a la universidad en bicicleta. Comencé con ese recorrido (12 kms) inmediatamente, porque sabía que si me prometía a mi mismo hacer un entrenamiento paulatino no me cumpliría. Han habido días que me he ido en metro como antes, pero la bicicleta cada vez se está apoderando más de mi movilidad por la ciudad. De nuevo.

Este artículo, lo comencé con una idea distinta a la que terminé desarrollando… así que para retomar la idea inicial y ahora, sabiendo el estimado lector, quien soy a este respecto. Quiero comentar la simpática propuesta que hizo la versión online del diario español El País que plantea la existencia (y dificil convivencia) de dos visiones del “asunto bicicletas”. Por un lado, están los denominados hipsters que usan la bicicleta como un adminículo más que como un accesorio de la vida frente a los que entienden que la bicicleta sólo es la herramienta para la práctica de un deporte (el ciclismo). Lo que los primeros rescatan es la ventaja de movilidad que significa andar en bicicletas en las urbes repletas de vehículos y, claro, tiene sentido si lo hacen desde una perspectiva europea donde las políticas públicas sobre ciclovías o educación de respeto a los ciclistas superan con creces la calidad anecdótica que tienen en Chile en general. Los segundos no conciben la idea de siquiera se plantee andar sin casco en bicicleta y que, en la ciudad hay que movilizarse en los medios habituales que hay para ello; también, hacen el clásico reclamo de que el único deporte considerado por los medios de comunicación (ergo, por los ciudadanos-masa) es el futbol y el ciclismo queda relegado a la misma prioridad que el juego de la escondida.

La verdad, me siento más cercano a la primera forma de pensar, sin embargo, lo hago desde la perspectiva latina, de ciudades enormes y centralizadas, rodeadas de comunas dormitorios (vivo en una de ellas). Cuando llego en bicicleta a la universidad, imagino que luzco menos glamour que un arquetípico hipster, de hecho, llego directo a cambiarme la polera. Es que no es lo mismo ser hipster en bicicleta teniendo que viajar 4 kilómetros y no 12 hasta el destino. La otra visión de la bicicleta me parece apasionante también, especialmente porque conozco en persona lo alucinante que es recorrer distancias largas en bicicleta, pedalear en carretera, ver como el sol se oculta o sale y uno estar en la ruta es trascendental… pero resulta que no soy un ciclista profesional, ni me acerco infimamente a serlo. Ni tampoco lo quiero porque me contento con tener un estado físico suficiente para poder andar en bicicleta por horas viendo como el paisaje cambia e ir escuchando el sabio silencio que silba entre el viento. Tengo un rechazo tremendo a los deportes normados, eso es lo que me pasa. Así como el baile coreografiado o la natación como sistema, me parece que las prácticas físicas son más lindas y honestas cuando se hacen libremente.

Para finalizar, con respecto a esto último, quisiera agregar que cualquier análisis tan sesgado que cierre las posibilidades en ser “ciclista de malla” o “ciclista hipster” me parece, al menos inconsciente. Miles de trabajadores, en Chile al menos (y no creo que en España no ocurra) se desplazan diariamente en bicicleta sin contador de kilómetros, sin guantes de marca y sin ropa interesante, sino simple y llanamente para evitar la incertidumbre de la locomoción aveces caprichosa en llegar o que exige hacer intercambios de un bus a otro y luego ir en metro y, por sobre todo, ahorrarse la plata que cuesta andar en locomoción pública. Es gente que anda en bicicleta no por andar en bicicleta, sino para llegar a donde van… se me ocurre que esos ciclistas son muchos más que los “nosotros” que somos capaces de escribir sobre andar en bicicleta. Y ojalá se implementen políticas públicas que ayuden al tránsito ciclista, pero más por ellos que por nosotros. ¿Cómo nos vamos a seguir permitiendo ser así de vanos? Invito a vivir la bicicleta ni como hipster ni como deportista, sino como individuos y si nos gusta, genial. Seamos repetuosos.

No sé que más decir. Manejen con cuidado.