Finalmente, luego de todo el show mediático de las elecciones, Chile dijo la última palabra y decidió que Bachelet tuviera una nueva oportunidad de practicar la socialdemocracia tan amada por empresarios de derecha y por izquierdistas que se conforman. La conversación, con respecto a la segunda vuelta, en todo caso, ha tenido como gran protagonista ese monstruo invisible de la abstención… después de todo, más de la mitad del Chile votante decidió hacer cualquier otra cosa ese día. Yo por lo menos, decidí jugar playstation y no me siento ni un ápice irresponsable.

El día de la elección presidencial, la primera vuelta, me dirigí al colegio donde me tocó votar. Hice una minúscula fila y, tras marcar mis selecciones, deposité mis votos en las urnas y regresé a mi casa a almorzar. Ese mismo día, un poco más tarde, regresé al local de votación para ejercer de apoderado de mesa del candidato con que me siento afín (Marco Enriquez Ominami) y, mientras por un oído escuchaba noticias en la radio ponía atención en los votos que eran pocos y claros, así que la labor de apoderado fue particularmente fome. La radio señalaba que Bachelet ganaba como una enorme ola de un maremoto llegando a las costas, ahogando las ilusiones de los demás candidatos que con sinceridad exponían su forma de solucionar y recauchar Chile. Glup, glup, glu… llegó la noche, Bachelet tenía un montón de votos. Salí a ver a mi polola, mi tía me dio un aventón en su auto y, en un giro inesperado decidimos ir a la sede del Partido Progresista, a estar físicamente en el duelo de darnos cuenta que “Chile no quiso cambiar” (el slogan de campaña era Chile cambia si tu quieres). Fue un momento liberador, en realidad… estar cerca de personas que tenían las cejas arqueadas igual que nosotros, la incomprensión triste al confirmar que la gran mayoría de los que estabamos ahí teníamos muchos conocidos que iban a votar por Marco. Esa noche comprendí que mi opción presidencial no fue la misma que la mayoría del Chile que votó. Entendí que perdí, perdimos.

Días más tarde fue la elección entre las dos más altas mayorías, la segunda vuelta… yo seguía teniendo la claridad de que mi opción ya no iba, así que no tenía porqué participar en ese proceso. Desde la misma noche de la elección, hasta el día de hoy me encuentro con que internet, los diarios y la tele está llena de columnas, opiniones, comentarios, artículos, crónicas, reflexiones en todos los formatos posibles como videos, texto, twitteos, entrevistas, etc. y todas (casi todas) me tratan a mí y a los que decidimos no votar como unos irresponsables, como el resultado de la sociedad de consumo, los parias de la máquina, los traidores de la república… ¡Porque entendimos que nuestra elección no ganó! Pienso seriamente, cuando veo críticas a los abstentes ¿Qué se han creído quienes exigen, haciendo una perversa vinculación moralinoide para defenestrar la imagen y honra de quienes conscientemente decidimos no votar? Para entender el asunto con menos contrariedad, hago el ejercicio de tratar de empatizar con esos exigentes siervos de la república y, la verdad, me parece entre patético y deplorable su parecer y expresión.

bachel

En esta receta no están mis ingredientes, no tengo nada que hacer acá.

Estimado lector, yo tengo la presunción de que soy una persona relativamente normal y que mis conceptos y valores son bastante comunes y generales, teniendo eso en vista pregunto yo, sobre las personas que abogan, promueven y cacarean por el voto sin voluntad ¿Qué clase de ciudadanos esperan que habiten esta República? Me da la impresión de que el deseo profundo apunta a que los ciudadanos sean seres que participen de los engranajes de forma entusiasta si es posible mas, si se acaba el entusiasmo, participen cabizbajos y resignados, haciendo el odioso ejercicio de pensar en el “mal menor” y en apoyarlo. ¡Qué vergüenza! ¿Esa es la democracia que las generaciones nos legaron? Me niego totalmente a pensar en que qué me gusta menos, me respeto más que lo que me invitan a respetarme y estoy seguro que no soy un caso aislado, no tengo nada en especial, soy un hombre común y corriente y, como muchos hombres comunes y corrientes me respeto lo suficiente como para no permitirme participar en un proceso en el que no tengo pito que tocar.

Si resultaba electa la candidata de la derecha que dice ser de derecha yo iba a ser de oposición y, ahora que la candidata de la derecha que dice ser de izquierda fue electa, declaro con firmeza y convicción que soy un opositor… y no podría vivir con mi conciencia si le hubiese entregado mi sufragio a quien rechazo. ¿Es muy dificil de entender eso? ¿Es muy absurdo? ¿Muy irresponsable? Somos dignos y honorables los que entendimos en la primera vuelta que nuestra opción no triunfó y nos resignamos a la democracia porque la respetamos. A los triunfadores, les pido que tengan la decencia de no obligarnos a ofrendar nuestra dignidad a esa democracia en la que tenemos ínfimo espacio sólo para ganar vuestro respeto paternal, agraciado por las cabriolas díscolas que nos mueven. Somos gente seria y decente.

Para terminar, considero menester responder a todos quienes, además de descalificar a quienes no votamos, con gran soberbia imponen que no debemos alegar ni opinar solo por no haber participado en la segunda vuelta. Esperar que un ciudadano informado no tenga opinión ni exigencias con respecto a un gobierno solo por no haber participado en una parte del proceso que lo eligió es una burrada tan grande como asumir que una persona sin discapacidad no debe hacer exigencias relativas a la inclusión o que un heterosexual no debe tener expectativas con respecto al matrimonio igualitario. Con fervor irreflexivo, los ganadores suelen decir frases grandilocuentes como “¡Oye, si es la presidente de todos los chilenos!” y claro que lo es, por lo mismo, su deber no se limita en satisfacer a quienes votaron por ella… sino que a todos los chilenos. Invito a que no se use más tan pobre argumento para invalidar la opinión de quienes no participaron; sean decentes, triunfadores. Sorpréndanos.