Cuento ix

El día de hoy,. fieles visitantes, os traigo un cuento de tres partes que escribí en julio de 2008. La sensación de extrañeza que pueda quedar es gentileza de la casa.

Esperó el tren

Claro, todo indicaba que ese día no tendría nada de extraño, sin embargo, desde que se bajó del vagón del metro en la Estación Central, sintio que no sería un día normal. Subió por las pisadas y requetepisadas escaleras que llevan justo a la estación misma, pretendía comprar el boleto, luego correr a su tren, sentarse y aprovechar de dormir todo lo posible. Apenas salió a la superficie, se dio cuenta de que había humo, pero toda la gente caminaba tranquila, así que decidió hacer lo mismo. Fue a comprar el boleto y, nada parecía extraño, nisiquiera la perdida mirada del vendedor turnio que todos sabemos que merodea siempre en la Estación Central ofreciendo chicles y golosinas varias. Con el boleto para el andén tres ya en la mano y, con algo de nerviosismo también por el humo aun había, se decidió a entrar al andén de trenes y buscar el suyo… pero gran sorpresa se llevó al descubrir que ya no habían trenes, sino unos enormes cienpies que tenían en su lomo encaramadas a mucha gente, habían unas escaleras de cuerda por donde subían con bastante dificultad, pero nadie parecía sorprendido. Con una resignación que le era desconocida, optó por subirse al cienpíes del andén tres y esperar. Justo cuando consiguió conciliar el sueño, sobre la incómoda espalda del cienpies gigante, sintió un movimiento extraño en el cienpies que, tras liberar un enorme gas, empezó a botar excremento que se empezó a acumular en el espacio que tenía entre el final del riel y el hasta que empezó a juntarse tanto, que el cienpies empezó a avanzar por el riel por la presión. Es asqueroso, pensó. Y efectivamente tenía razón, el cienpiés liberaba cada vez más mierda que se apretaba y lo empujaba, hasta que finalmente consiguió velocidad y partió. Con sus patas acondicionadas para rieles bien lubricadas y, gracias al empujón de caca, tomó fuerza y llegó en dos horas desde Santiago hasta Talca.

Abrieron los ojos

Definitivamente, ya nada le podría parecer extraño a Alejandra que decidió caminar hacia la Alameda, hacer parar a una micro e irse a su casa, sin embargo, fue exactamente ese día, 3 de julio de 1995 el día en que a Antonio Martinez, payaso de tercera generación del circo Las barbas de Nostradamus fue expulsado por el administrador, por haberse negado rotundamente a contar chistes de doble sentido. Antonio se sentía realmente desolado, había entregado toda su vida al circo y ahora lo botaban por no ser un maldito borrego grosero. Lleno de rabia, impotencia y decepción se subió a la camioneta que usan para transladar a los monos arañas y salió a toda velocidad… tomó la Alameda y, de un segundo a otro, se subió a la vereda y empezó a perseguir a la gente, no quería dañarlos, solo entretenerse y alivianar la tensión… todos corrían despavoridos para todos lados. Todos, excepto claro, Alejandra que aun no conseguía entender porque había ido a Talca. La camioneta la tiró lejos, chocó con un teléfono público y luego se llevó consigo un frágil árbolito que había en la vereda. Antonio se bajó corriendo, muy preocupado fue a ver a la chica que había tirado lejos, cuando estuvo lo suficientemente cerca como para verle la cara se detuvo y, tras gritar horrorosamente, cayó desmayado.
Cuando volvió a abrir los ojos, estaba todo con humo alrededor, pero no había olor a humo, era como si hubieran sacudido un limpiapies gigante y el aire estuviera lleno de polvo apenas perceptible pero que nublaba la vista. Se puso de píe, caminó a tientas, hasta que llegó a un muro donde se apoyó y descansó un rato. El humo se empezó a ir y de pronto se dio cuenta de que estaba en su pieza, la función había terminado. Todo alrededor estaba en orden y ya no quedaba rastro del humo, así que se recostó en la cama y siguió durmiendo. Nunca se alejó del circo. Ni él tampoco.

Llegada y regreso raro

Apenas el cienpies se detuvo en la estación de trenes de Talca, con más asombro que pesar, se percató de que había olvidado el motivo de su rápida salida de Santiago, así que, tras revisarse los bolsillos con la vaga esperanza de encontrar algún motivo para quedarse (que, por cierto, no estaba) decidió que finalmente, debía regresar cuanto antes a Santiago porque… se le había quedado encendida la plancha y se le quemaría la camisa que estaba planchando, justo antes de haber salido corriendo a tomar el metro y llegar a la Estación Central y pasar por toda la historia que ya sabemos. Así que, la decisión era rotunda: de vuelta a Santiago. Claro que ahora se iría en bus, porque el cienpies que ahora reemplazaba al tren le daba un profundo y sincero asco. En el bus compró una bebida, por supuesto, a un precio mucho mayor que lo que le habría costado en un negocio de calle. Se asomaba por la ventana de vez en cuando y se mojaba la frente con la misteriosa agua que siempre sale en las ventanas de los buses cuando uno viaja en una noche fría, especialmente, desde el sur… aunque, viajando hacia el norte ya también se había percatado de que los vidrios se mojaban demasiado y, obvio, al igual que siempre, empañó con un bostezo la ventana fría y, con el dedo meñique dibujó un perro de siete patas y tres colas. El bus tardó mucho más de lo normal y, cuando llegó a Santiago, no quedaba rastro del perro en el vidrio y estaba aclarando. El terminal San Borja se veía extraño… pero a estas alturas ¿Qué no era extraño?

Escrito en julio de 2008

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1 Comentario

  1. inquietante e incómodo. perdone usted que me fuera inevitable kafkanizar un poco mi lectura, no su escritura. no lo tome a mal. lo que me entretuvo mucho es que recorrí con mi memoria la estación de talca y me pareció notable la imagen del ciempiés enmierdado, porque a la llegada a talca, todo debió ser una gruesa costra de fecas sobre el animalejo, algo elefantoso a esa altura, la dermis digo, aunque el ciempiés que observé era más bien con superficie de barata no de ciempiés acordeonico. le mando un tremendo abrazo porque le agradezco sus iniciativas, me reconforta que haya usado tiempo vagando por su imaginación. vagar creo que es un viaje mejorado.

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