Este texto lo hice por encargo de una clase y me pareció interesante como para publicarlo acá. Antes de leerlo es menester haber leído (o almenos revisadoel artículo sobre que trata), que está en este link. A continuación, el texto:

El artículo fue publicado en 1984, por lo tanto, se puede intuir el ambiente de represión al pensamiento en que vivía Chile. En la televisión, el profesor Mario Banderas declamaba impasible sobre la importancia del buen hablar y sentenciaba con un violento y susceptible de bromas ¡Usted no lo diga!

El grito imperativo, además de ser prepotente en su expresión, contenía una intención tan o más subyugante: entrar en el hablar del día a día del chileno, para rectificar sus vicios lingüísticos y generar un efecto viral que causaría que, quien incurriera en un error sintáctico, morfológico, gramatical o acentual sea blanco de los índices, que con poco amable escrutinio indicarían el error, más que para sanearlo, para castigarlo y avergonzar a quien lo expresara.

En el artículo ¿Qué es hablar correctamente? el Doctor Ambrosio Rabanales plantea que el llamado del mentado programa de televisión no solo padecía incoherencias de forma (ya que el mismo profesor Banderas caía en malas formas de hablar, inconscientemente) sino que también se enfrentaba a lo que significa el avance y evolución, propio y natural, del lenguaje que se mantiene vivo no gracias a los textos que se escriban con respecto a él, sino gracias al uso de éste que es lo que hace que tenga sentido su estudio.

El caballo de batalla de Usted no lo diga era el fundamento de que “si no lo permite la Real Academia de la legua Española, no está bien”, sin embargo (y para hacer más tragicómico el intento de regular el buen hablar), los textos que genera la Academia advierten en numerosas ocasiones que su finalidad no es normar la forma en que se debe hablar, sino recopilar la forma en que se habla y registrarla para que pueda ser consultada y conseguir, dentro de los márgenes posibles, aunar los conceptos de una forma generalizada.

El artículo de Rabanales replantea la importancia de la buena forma de hablar y trae a colación un fin superior de esta actividad humana: lo importante es comunicarse. Sin lugar a dudas, siempre será más fácil entenderse en un entorno donde todas las personas tengan a la mano las palabras acertadas para los momentos acertados, en la comunicación básica y medianamente intrascendente podemos usar “malas formas” empero, con tal de que el receptor sea capaz de entender (aun medianamente)  lo que quiere el emisor que entienda. Con eso basta para que la comunicación sea efectiva. Las formalidades, sin duda alguna, sirven para otorgar un margen de seguridad, pero en ningún caso han de constituir barreras infranqueables que limiten el hablar que es, en definitiva, la externalización final del pensar.

En el momento histórico en que el profesor Banderas se propuso imponer el hablar, en Chile se imponía la ausencia de la libertad de pensamiento. Era muy imaginable que se diera un intento de enjaular la cultura creciente e indomable del idioma con la excusa de que era más importante la educación y el ceñimiento a las normas del castellano que el ensalzamiento a la libertad del decir que, como ilustra Rabanales, hizo antaño Gabriela Mistral o Don Andrés Bello. Banderas lo intentó.

Edición posterior: en este trabajo fui evaluado con nota 7. Una agradable sensación, he de admitirlo.